el hurto famélico

La condición de abogado penalista –sobre todo si estás en el turno de oficio- te permite, entre otras cosas, observar la evolución de las miserias de una sociedad. Es muy difícil limitar la intervención en un juicio penal a la mera elección de la estrategia procesal más beneficiosa para tu cliente –ya sea desde la defensa o desde la acusación- y a su puesta en práctica con mayor o menor acierto. Al fin y al cabo, nuestros clientes son personas, y si somos penalistas, nuestros clientes suelen tener problemas personales muy serios (porque serio, muy serio, es que te acusen de un delito). Por eso, lo normal es que el abogado penalista acabe por indagar en las razones que han llevado a su cliente a cometer tal o cual acción.
 
Y una de las primeras cosas que se descubren es que los delincuentes malvados y perversos, los que solo quieren hacer el mal… apenas existen. Todo delincuente tiene su historia, y todo delito tiene una explicación. Con esto no quiero quitar al delincuente la parte de culpa que tienen (porque la tienen), pero lo cierto es que -sin restar valor a la libertad personal de cada uno- hay situaciones –de educación, de familia, de posición social… ¡de pura mala suerte!- que hacen muy difícil conducirse dentro de la legalidad.
 
Cuando me apunté al turno de oficio, en 1994, de cada diez detenidos que tuve que asistir en Comisaría y defender en juicio después, siete u ocho eran drogadictos, casi todos heroinómanos. Era el delito que más abundaba entonces. Chavales de familia desestructurada y malas compañías que empezaron a fumar cigarrillos –porque lo hace la pandilla- a los doce años, se pasaron a los porros con catorce, y a los dieciocho ya consumían heroína. Y como la droga es cara, y el síndrome de abstinencia aprieta, esos chavales acababan cometiendo pequeños robos y atracos.
 
Pasaron los años, descendió el número de toxicómanos (unos pocos se curaron, otros muchos murieron de sobredosis), y el perfil del delincuente cambió: el drogadicto dejó paso al inmigrante. Era muy raro estar de guardia de detenidos en el turno de oficio y que te correspondiera defender a un español.
 
Y en esas estábamos cuando el trabajo de mi despacho no me permitía compaginarlo con las guardias y dejé el turno de oficio. Mi perfil medio de cliente cambio considerablemente: me especialicé en delitos económicos, cambié los calabozos de las comisarías de pueblo por las salas de vistas de la Audiencia Nacional… y dejé de analizar la evolución de la sociedad en función del tipo de detenidos que pasaban a disposición judicial cuando yo estaba de guardia.
 
Pero hace algunas semanas comprobé que el perfil del delincuente vuelve a cambiar, y que ya no son los toxicómanos ni los inmigrantes los que copan los calabozos. Mientras esperaba en un pasillo de los juzgados de Plaza de Castilla a que me llamaran para entrar a un interrogatorio, me acerqué a la entrada de la sala de vistas de un juzgado de instrucción que ese día celebraba juicios de faltas. Normalmente, el agente judicial cuelga un par de folios en la puerta con los juicios que se van a celebrar ese día en esa sala. Pues bien, en esa lista, la mayoría de los juicios eran por hurto. Y en todos, como perjudicado, aparecía el nombre de un supermercado: Pryca, Día, Eroski… Desde entonces, he vuelto a comprobar más listas de juicios de faltas en la puerta de algún que otro juzgado de instrucción. Y se repite lo mismo: más de la mitad son hurtos en supermercados.
 
Es uno de los efectos más ilustrativos de hasta dónde nos ha llevado esta crisis: los juzgados de instrucción no paran de juzgar a padres y madres de familia que, a falta de nómina con la que pagarlo, se metieron el cartón de leche debajo de la chaqueta… y les pillaron. Es lo que en criminología se denomina el hurto famélico. En español: robar (en este caso hurtar) para comer.
 

Verdaderamente, no me cambiaría por el pobre juez que tenga que juzgar esos casos.

© José María de Pablo Hermida, 2011.     

Autor: José María de Pablo

Abogado penalista

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