El profe de mates, a Chirona

Gerardo (nombre ficticio) es un joven profesor de Educación Primaria que enseña en un colegio concertado del extrarradio de Madrid. Todas las semanas, de lunes a viernes, se emplea a fondo para educar a su variopinto grupo de alumnos (el uno hiperactivo, el otro consentido, aquel despistado, este empollón… y todos revoltosos, como manda la edad). No es fácil mantener el orden en su clase. Así que, muy a su pesar, algún día tiene que alternar sus explicaciones con alguna que otra bronca al alumno que no para de molestar.

Hasta que un día se le ocurrió regañar al alumno equivocado en el momento equivocado. O más bien, al hijo equivocado de la madre equivocada. Porque a la madre de Daniel (nombre ficticio), no le sentó nada bien que a su angelito, con lo bueno que es, el profesor le haya levantado la voz. Que aprenda de ella, que nunca, nunca, regaña a su hijo, al contrario, le consiente todo y, siempre, siempre, le da la razón al chavalín (y así ha salido el niño, claro, ¡pobre Daniel, menudo futuro!).

El caso es que Rita (nombre ficticio), ni corta ni perezosa, se plantó un jueves por la mañana en el Puesto de la Guardia Civil del pueblo, aprovechando que  -gracias a que trabaja en Protección Civil- tiene buenos amigos en el cuartelillo. Y denunció a Gerardo, el profe de su hijo. El delito: “que el profesor de su hijo chilla constantemente a los alumnos” (textual en la denuncia).

Pues agárrense. Al día siguiente, viernes, a las 5 de la tarde (el momento de la salida de clase, cuando más alumnos y padres se acumulan en la puerta del colegio) se presenta delante del centro escolar un todoterreno de la Guardia Civil, con las señales luminosas en acción, y se apean dos agentes de la Benemérita, debidamente uniformados, que entran en el colegio, identifican a Gerardo, le leen sus derechos, y se lo llevan detenido ante la mirada, entre curiosa y asustada, de toda la comunidad escolar, incluidos alumnos, padres y profesores.

Esa tarde, como es fácil imaginar, la centralita del colegio estaba saturada de llamadas de los padres que pedían una explicación:

– ¿por qué han detenido a don Gerardo? ¿Es un caso de pederastia?

Dos horas después, con Gerardo esperando en el calabozo, me sonó el móvil. Me había designado como abogado y tenía que presentarme en el cuartel de la Guardia Civil para asistir a su declaración, garantizar sus derechos, y tratar de ponerle en libertad.

A la entrada del cuartel me esperaba el director del colegio (al que había informado ya la Guardia Civil de los motivos de la detención). Él fue quien me puso en antecedentes.

–Es imposible que le hayan detenido por chillar en clase –recuerdo que, iluso de mí, le dije. –Habrá algo más, un parte de lesiones, una agresión sexual, algo. La Guardia Civil no detiene por tonterías…

Pues sí. Sí detiene por tonterías. Al menos, ese día, lo hizo.

Hablé con un par de agentes, y de su trato, sus comentarios despectivos hacia mi nuevo cliente, y las explicaciones que me dieron, saqué una primera conclusión que compartí enseguida con el director del colegio:

–Habrá que investigarlo, pero me juego lo que quieras a que la madre que ha denunciado tiene algún pariente o algún amigo en este cuartel. Esto me huele muy mal…

Siempre aconsejo a los detenidos que en el momento de la detención se acojan a su derecho a no declarar (en ese momento los abogados aún no hemos podido estudiar el atestado ni idear la estrategia procesal ¡cuantos condenados por haber declarado en comisaría, antes de estudiar la estrategia con su abogado!). Pero ese día lo tenía más claro aún: la Guardia Civil no jugaba limpio y, por tanto, no podíamos hacer concesiones. Así que cuando sacaron a mi cliente del calabozo y mientras lo conducían a la oficina de declaraciones, le di el mejor consejo que un abogado puede dar a su cliente en ese momento:

–Niégate a declarar. Tú di que prefieres declarar ante el Juez y punto.

La agente que ejercía de instructora del atestado demostró su interés directo en el caso lanzándome una mirada asesina:

–Abogado, cállese. Sabe que no puede hablar con su cliente ni aconsejarle nada hasta después de la declaración. –Me advirtió, como si no estuviera acostumbrada a ver abogados saltándose esa inconstitucional norma por el bien de sus clientes.

–Perdón, lo había olvidado, agente. –Mentí.

Mi cliente siguió mi consejo y se negó a declarar. Pero allí no acabó todo:

–Agente, ¿la denuncia es sólo por chillar en clase, o hay algo más, no sé, pederastia o algo así? –Pregunté inocentemente, mientras imprimíamos y firmábamos las actas de la lectura de derechos, de la no declaración, y de la puesta en libertad.

–No, letrado. –Contestó. –No hay denuncia de pederastia ni nada por el estilo.

– ¡Ah! Es que como han montado todo este espectáculo de detención, delante de todos los alumnos y de sus padres, en lugar de citarle a declarar por las buenas, pensé que estaríamos ante un delito grave…

–Mire, es que como hay huelga de abogados de oficio, y solo acuden a las declaraciones en caso de detención, he preferido detenerle para garantizar su derecho de defensa. Si me limito a citarle, los del turno de oficio no me mandan a nadie. –Soltó sin rubor alguno.

Yo, sin salir de mi asombro ante la barbaridad que acababa de escuchar, hice uso de la ironía:

–Pues, vaya. A lo mejor en la carrera no me lo enseñaron bien. Pero desconozco qué artículo de la Ley de Enjuiciamiento Criminal establece como supuesto que autoriza la detención de una persona la huelga de abogados de oficio… –Y añadí: –Todo ello sin contar que, como sabe, yo no soy del turno de oficio, me ha designado mi cliente como abogado particular…

–Bueno, bueno, señor letrado. No voy a discutir con usted. Si procedía o no la detención ya lo determinará el Juez.

–En eso estoy de acuerdo. –Concluí. –No será la primera vez que pongo una querella por detención ilegal.  

Epílogo. La Guardia Civil dejó en libertad con cargos a Gerardo y envió el atestado al Juzgado de Instrucción. La Juez, como era de esperar, nada más recibir el atestado dictó un Auto recordando que chillar en clase a los alumnos que se portan mal no está tipificado como delito, ni siquiera como falta, en nuestro Código Penal y archivó el asunto directamente. Yo puse una queja ante el Coronel Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de cuya tramitación, tres meses después, aún no he tenido noticias. Pero Gerardo ha tenido que volver al trabajo: ¿cómo le mirarán ahora sus alumnos, semanas después de ver cómo la Guardia Civil se lo llevó detenido? ¿Quién repara el daño causado?

Va siendo hora de aplicar (no solo por los jueces, también por las fuerzas del orden) el principio de intervención mínima del derecho penal. No podemos criminalizar cualquier conflicto de la vida diaria: el derecho penal está para los hechos graves.

Y volviendo al tema de mi anterior post sobre el derecho al honor de los imputados: el artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal ordena que “la detención y la prisión provisional deberán practicarse en la forma que menos perjudique al detenido o preso en su persona, reputación y patrimonio”. ¿De verdad que este artículo se enseña en las academias de la Policía y de la Guardia Civil?

P.D. Me ha venido a la memoria la historia de Gerardo este fin de semana, al leer que la  Guardia Civil ha detenido en Úbeda a un señor acusado de castigar a su hija de 16 años sin salir el fin de semana (ver noticia). Estos son insaciables.

© José María de Pablo Hermida, 2012.     

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