una de bancos

 Las últimas noticias sobre la crisis de nuestro sector financiero o el rescate a los bancos españoles me ha recordado la historia de una cliente que vino a verme un día al despacho. Aunque la historia es real, el nombre de mi cliente y del banco son ficticios, por razones de secreto profesional. Pero vayamos con la historia.

Carmen había emigrado a España desde su Argentina natal a principios de la década de los noventa. No sin esfuerzo, había conseguido aquí un empleo que le daba para vivir dignamente. Es más: a base de sacrificio, quitándose gastos de aquí y de allá, pudo empezar a ahorrar algún dinero pensando en su futuro y el de sus hijos. Y como de momento no iba a tocar esos ahorros, empezó a invertirlos en diversos productos, siempre de plazo fijo y, por tanto, sin riesgo, en su banco de toda la vida, llamémosle, por ejemplo, el BancoBang. Allí, una asesora del banco le aconsejaba puntualmente sobre los diversos fondos de inversión disponibles, y Carmen, siguiendo su consejo, iba invirtiendo allí su dinero, pero siempre con la misma premisa: invertir solo en productos sin riesgo. Hasta aquí, todo normal.

Pero a mediados de 2008, cuando vencía su fondo a plazo fijo, en el que había acumulado unos ahorros de unos 30.000 euros (todo lo que tenía) se desplazó al banco para renovar el fondo y seguir rentabilizando su dinero. Es entonces cuando su asesora del banco le sorprendió:

-Mira Carmen, hemos comprobado que llevas ya diez años enlazando fondos a plazo fijo, y ahora tendrías que contratar algo con mayor rentabilidad.

-Pero Mayte, ya sabes que la respuesta es no -contestó Carmen- Nunca he arriesgado un solo euro y quiero seguir así. Son mis ahorros, todo lo que tengo, y con plazos fijos voy bien.

-Ya lo sé, pero es que… como llevas diez años renovando productos de plazo fijo, la normativa del banco nos impide renovarlo con otro plazo fijo de nuevo -mintió la asesora-. Esta vez tienes que meter el dinero en renta variable.

-Pero…

-Nada, mujer, no te preocupes que está todo previsto. Mira, como sé que no te gusta arriesgar, te voy a ofrecer un producto fantástico. Es un fondo estructurado -(¿estructuqué? debió pensar Carmen, a la que eso le sonaba a Chino)- que tiene una rentabilidad buenísima y, sobre todo, no tiene ningún riesgo.

-¿Ningún riesgo? ¿seguro?

-Segurísimo. Para que te hagas una idea, es como los plazos fijos que venías contratando hasta ahora, solo que por este te dan más intereses. Ganancia asegurada. Vamos, un chollo.

-¿Y si sale mal y pierdo dinero?

-Imposible. Repito, es segurísimo y está garantizado. Solo puedes ganar.

-Bueno, pues…

-Nada, nada. Fírmame los papeles y verás como al final, cuando veas los extractos con los intereses me lo vas a agradecer.

En ese momento, la asesora del banco le hizo firmar una gran cantidad de formularios que Carmen no leyó (y aunque los hubiese leído igual daba, porque no los habría entendido), y mediante los que contrató un atractivo fondo estructurado con un nombre en inglés más atractivo todavía, y una gran cantidad de cláusulas. En la letra pequeña, una breve alusión a un tal Lehman Brothers del que Carmen no había oído hablar en su vida. Ya solo quedaba sentarse y esperar a que el dinero crezca.

Meses después, en septiembre de 2008 para ser exactos, suena el teléfono en casa de Carmen. Era su asesora del banco.

-Buenos días Carmen, soy Mayte, del BancoBang ¿Cuando puedes pasarte por la sucursal? Quiero comentarte una cosilla…

Esa misma mañana, Carmen acudió al banco y se sentó frente a la mesa de su asesora.

-Hola Carmen. Te había llamado para decírtelo de palabra y que no te asustes. Te habrás enterado de lo de Lehman Brothers ¿no?

-¿Lehman qué?

-Lehman Brothers. El banco ese americano que ha quebrado.

-Ah, sí. Ahora que lo dices algo han dicho en el telediario. Es que yo no sigo mucho las noticias. Con el trabajo, los niños… no me da tiempo. Pero bueno, no es un tema que me afecte lo del Lehman ese…

-Bueno, en realidad sí que te afecta. Por eso te llamé. Verás, cuando te llegue el extracto de este mes, vas a ver que tienes un saldo de cero euros en el fondo. Es por lo de Lehman Brothers.

-¿Cómo?

-Lo que oyes. Es que tu fondo era un producto de Lehman Brothers. Como han  quebrado, lo has perdido todo. Lo siento muchísimo. No eres la única cliente del banco que le ha ocurrido y tenemos un disgusto tremendo…

-Espera, espera. ¿Qué yo contraté un fondo de Lehman-como-se-diga? No me dijiste nada de eso. Yo quiero mi dinero.

-Lo lamento muchísimo, Carmen. Pero no podemos hacer nada.

Y así se fue acalorando la discusión, entre la perplejidad de Carmen y las excusas de Mayte, hasta que en un momento dado, la asesora miró a su derecha, miró a su izquierda, comprobó que nadie más del banco escuchaba, se puso de pie apoyando sus manos en la mesa e inclinándose hacia su incrédula cliente, le susurró:

-Carmen, te hemos timado. Tienes que demandar al BancoBang. Busca un abogado, llévale los papeles, y demanda al banco. Pero yo no te he dicho nada.

Imagínense la cara de perplejidad de Carmen, que tras la noticia de que lo había perdido todo, ve como una empleada del banco le confiesa abiertamente que le ha estafado y que tiene que buscar un abogado.

El caso es que Carmen decidió seguir el primer consejo razonable que le había dado nunca su asesora (buscarse un abogado) y vino a verme.

Lo que descubrimos tras una breve investigación fue tremendo: ¿adivinan quién era el titular de ese fondo estructurado tóxico de Lehman Brothers hasta que a mediados de 2008 lo compró Carmen? Lo han adivinado: el Bancobang. Una vez que los analistas empezaron a temer la próxima quiebra de Lehman Brothers, el Bancobang (nombre ficticio de un importante banco con numerosas sucursales en España) había empezado a colocar todos los activos tóxicos vinculados a Lehman Brothers de los que era titular a sus clientes más indefensos.

Y menos mal que Carmen buscó un abogado.

© José María de Pablo Hermida, 2012.